• Mercedes Jaqueti, Naturópata y Coach, Torrelodones

El perdón

Cuando asistí a un curso sobre SABER PERDONAR. Lo más relevante para mi fue que para perdonar se empieza por perdonarse a sí mismo. Esto significa que es importante tener la voluntad de hacerlo, un pensamiento positivo, ver las cosas desde otra perspectiva y dejar atrás lo que ya no está en tu presente.


Es curioso, porque el otro día le comenté a alguien que yo había asistido a ese curso y me comentó “¿Para qué voy a perdonar a alguien que me ha hecho daño? Que se fastidie. Ya se encargará la vida de ponerle en su sitio; ya lo pagará.”


Además, tendemos a perdonar socialmente para quedar bien con el otro y con nosotros mismos (“¡Qué bien! Le he perdonado.”) De esta manera, generalmente, nos engañamos a nosotros mismos.


Para perdonar realmente es crítico hacerlo en profundidad, desde dentro. Sacar fuera los sentimientos y emociones que nos ha generado esa situación -como la rabia, ira, frustración y deseo de venganza- es fundamental.


Y en la práctica, ¿cómo se hace? Hay varias maneras: expresarlo de viva voz (¡literalmente yendo al campo y gritarlo al viento!); ir a talleres de teatro, de expresión corporal o de psicoterapia. También es muy útil escribirlo en un papel y hacérselo llegar a la persona que nos ha causado la ofensa (o no – guardarlo y luego quemarlo en el momento oportuno también es catártico).


Se puede, obviamente, hablarlo directamente con la persona – en este caso es muy importante trabajarlo primero internamente.


¿Y cómo he aplicado este aprendizaje a mi trabajo como coach?

He tenido una experiencia muy interesante con una de mis coachees, Ana (no es su nombre real). Es una persona que no sabía cómo perdonar a la madre de su marido.

¿Cómo lo consiguió? Visualizó a la madre desde otra perspectiva - no como alguien todo poderosa, dominante y posesiva que todo el mundo tenía que hacer lo que ella quería; sino como alguien que se comporta así porque son los patrones de conducta que ha aprendido y que los demás han reforzado dándole ese poder.


Cuando Ana aprendió a través de las sesiones que hicimos juntas que en ella estaba la solución de cambiar cómo ver a esa persona y de no permitir que tuviera poder hacia ella, las cosas cambiaron.


Ahora cuando Ana ve a la madre de su marido no se angustia, ni le tiembla la voz. Tampoco da vueltas a todo lo sucedido, sino simplemente la escucha sin que le afecte lo que le puede decir o como la otra se puede sentir.


Y a la persona que me comentó para qué perdonar a alguien, le contesté: “Si no lo haces estás encadenada a esa persona; y yo, desde que voy aplicando las cosas que he aprendido conmigo misma y con los demás (a veces con ciertas dificultades), me siento más libre y más en paz.”



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